El ABC de las crisis: por qué golpea a la Argentina más que al resto de las economías emergentes

El ABC de las crisis: por qué golpea a la Argentina más que al resto de las economías emergentes

Brasil invierte poco y tiene un déficit fiscal del 9% del PBI, mientras que Argentina invierte más y está consolidando gradualmente sus finanzas públicas. Entonces, ¿por qué Argentina es la que está en problemas con los mercados?

Por Andrés Velasco

4 de septiembre de 2018

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Supongamos dos países, A y B. A tiene un déficit fiscal de poco más del 5% del PIB, mientras que el de B alcanza al 9%. Todavía más, hasta hace poco la deuda pública de A apenas excedía el 50% del PIB, mientras que la de B ha ido aumentando y pronto llegará al 90%.

Entre estos dos países, es más probable que B sufra una crisis monetaria, ¿o no?

No es así. A es Argentina y B es Brasil. Desde comienzos de 2018, el peso argentino ha perdido la mitad de su valor. Casi sin divisas, Argentina ha tenido que adoptar medidas de austeridad para obtener un rescate de 50 mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional, pero ni siquiera esto ha calmado a los inversionistas. Entre tanto, el real brasileño se ha debilitado, más que nada en respuesta a lo incierto del resultado de las elecciones presidenciales de octubre, pero no se vislumbra una crisis financiera obvia en el horizonte.

Según la lógica convencional, Argentina está aproblemada pero Brasil no lo está por la diferencia entre sus cuentas corrientes: a fines de 2017, la de Argentina tenía un déficit de cerca del 5% del PIB, en contraste con el casi equilibrio de la de Brasil. Dado que Brasil no necesita depender de acreedores extranjeros, los mercados financieros apenas se inmutan incluso cuando los políticos hacen extravagantes promesas en sus campañas.

Lo anterior algo tiene de correcto. La repentina paralización de los flujos de capitales internacionales requiere que Argentina reduzca sus importaciones y aumente sus exportaciones de la noche a la mañana, lo que exige que su moneda sufra una importante devaluación.

El problema de la cuenta corriente

Pero la historia no termina aquí. Recordemos que la cuenta corriente es la diferencia entre lo que un país invierte y lo que ahorra. El déficit de Argentina revela que ella invierte en su capacidad productiva más de lo que ahorran su gobierno y su sector privado juntos: el 19% versus el 14% del PIB.

En contraste, la equilibrada cuenta corriente de Brasil, junto con su déficit fiscal de casi el 9% del PIB, significa que las empresas y los hogares del país deben tener un superávit de exactamente el mismo 9% del PIB. Dicho de otro modo, el sector privado de Brasil prefiere invertir en bonos del gobierno que en capital fijo. Puesto que el gobierno brasileño invierte poco, la inversión total del país, en torno al 15% del PIB, es minúscula. (El vecino Chile invierte el 23%, mientras que India y China invierten el 33% y el 44% respectivamente).

Entonces, ¿cuál de los dos países debería ser visto como más seguro por los prestamistas, el que dedica casi un quinto de sus recursos anuales a aumentar su capacidad productiva (y por lo tanto su capacidad de repago en el futuro), o el que invierte considerablemente menos? Los brasileños pueden debatir incansablemente acerca de si las generosas pensiones gubernamentales que explican gran parte de su déficit son justas o injustas, pero lo que está claro es que tener jubilados con buena situación económica hoy día no garantiza que Brasil tendrá recursos para pagar sus deudas mañana.

Entonces, ¿por qué no toman esto en cuenta los mercados? ¿No deberían preocuparse de Brasil y dejar en paz a Argentina?

El factor de las reservas

Aquí surge la siguiente línea de defensa de la lógica convencional: Brasil dispone de 360 mil millones de dólares de reservas, mientras que Argentina apenas tiene alrededor 50 mil millones, más el monto no desembolsado del préstamo del FMI. Pero, ¿por qué habría de importar esta diferencia? Los dos países tienen moneda flotante, lo que supone que sus bancos centrales no intervienen en la venta ni en la adquisición de divisas, y por lo tanto en teoría no necesitan reservas.

Además –y este punto es fundamental– ¿por qué tratar las reservas de manera diferente a los otros activos del balance nacional? Supongamos que Ilan Goldfajn, el respetado presidente del Banco Central de Brasil, emite un bono en Nueva York y emplea esos dólares en incrementar las reservas internacionales de su país. Lo mejor que podría pasar es que los agentes del mercado aplaudan su decisión, y lo peor que permanezcan indiferentes porque que la deuda neta de Brasil no ha variado.

Ahora supongamos que uno de los exportadores agrícolas privados de Argentina también emite un bono internacional y emplea esos dólares en ampliar una de sus modernas y competitivas plantas de lácteos, con el fin de vender más leche en polvo al Asia. Es posible que esto sea aplaudido por los analistas de acciones, pero si una operación semejante se repite muchas veces preocupará a los expertos en macroeconomía, puesto que ello incrementaría la deuda neta del país.

La diferencia evidentemente reside en que, al calcular la deuda neta de un país, la convención permite restar un tipo de activo (las reservas internacionales), pero no otro (la nueva planta de lácteos). La explicación estándar es que la planta es menos líquida que las reservas, las que se pueden convertir en efectivo de modo instantáneo. Sin embargo, en presencia de mercados financieros que funcionan bien y de un sistema jurídico sólido, la planta se puede hipotecar y así también convertirla rápidamente en efectivo.

Además, en el futuro la planta generará un contundente flujo de dólares (lo que implica una rentabilidad elevada), mientras que las reservas internacionales probablemente rindan muy poco, e incluso puede que su rentabilidad sea negativa si se las deposita en el extranjero. Por otra parte, ciertas decisiones que aumentan la liquidez hoy bien pueden disminuirla mañana. En respuesta a las presiones del mercado, hoy día Argentina está cancelando inversiones en infraestructura que parecen muy necesarias. Esto ahorrará algunos dólares a corto plazo, pero hará que el país sea menos capaz de generar dólares en el mediano plazo.

La arbitrariedad de los mercados

La conclusión es que las convenciones para medir el endeudamiento o la liquidez de un país pueden ser bastante arbitrarias. Y –esto resulta crucial– la liquidez es endógena: puede crearse en momentos de optimismo y destruirse de manera instantánea cuando colapsa la confianza. Las acciones, los bonos, e incluso las plantas de lácteos, son altamente líquidos cuando todos quieren adquirirlos, pero sucede lo opuesto a la hora de deshacerse de ellos cuando todos quieren vender en medio de un pánico.

Es decir, las crisis de liquidez pueden ocurrir de manera bastante inesperada y por razones que no suelen estar relacionadas con las condiciones económicas subyacentes. Argentina optó por un ajuste fiscal gradual y pasó a ser la estrella de los mercados –hasta que inesperadamente dejó de serlo–. En realidad, un par de decisiones equivocadas por parte del Banco Central contribuyó a minar la confianza. Pero cualquier otro factor (por ejemplo, contagio con Turquía) también pudo haber gatillado el ataque contra el peso.

El lenguaje de corte bíblico que se suele emplear para describir las crisis de los mercados emergentes (países “virtuosos” versus “derrochadores”, por ejemplo) no es apropiado, puesto que, como hemos visto, el mercado no siempre castiga por sus supuestos pecados a los imprudentes pero líquidos, mientras que los ahorrativos pero ilíquidos bien pueden recibir una sanción por parte del mercado.

Una lección más útil es que los países no deberían ponerse en una situación que permita que las preocupaciones acerca de la liquidez sean las únicas que cuentan. La vía del ajuste gradual adoptada por Argentina parecía plausible, excepto que eventualmente dejó al país vulnerable a la lógica (o ilógica) de la liquidez.

Finalmente, pero no por ello menos importante, hay algo que no funciona bien en estos mercados financieros internacionales que exponen a tantos países, con tanta frecuencia, a crisis de liquidez autocumplidas. ¿Se necesita más capital y menos deuda? ¿Más proyectos de infraestructura concesionados, del tipo build-operate-and-transfer, y menos obras financiadas con bonos? ¿Un prestamista mundial de última instancia en dólares que sea más grande y más rápido que el FMI?

La crisis financiera europea se contuvo cuando Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo se comprometió a hacer “lo que sea necesario” para salvar el euro. ¿Quién desempeñará el papel de Draghi en el drama argentino?

Traducción por Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo. Ha sido catedrático de la Universidad de Harvard, de la Universidad de Columbia y de New York University.

© Project Syndicate 1995–2018 | Juan Mabromata – AFP

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La política identitaria liberal es una respuesta al nacionalismo y la xenofobia

La política identitaria liberal es una respuesta al nacionalismo y la xenofobia

Mientras más globalizada se vuelve la economía, más depende la política alrededor del mundo de identidades muy locales. Las sociedades abiertas educan o atraen a personas con diversos y valiosos conocimientos, y prosperan de esa manera. Es hora de que más líderes comiencen a destacar este hecho y saquen ventajas electorales del mismo.

Por Andrés Velasco

8 de agosto de 2018








Pronunciar las palabras política identitaria hoy en día conlleva el riesgo de que se desate una polémica. En la izquierda estadounidense, casi toda la política es de esta índole, lo que saca de quicio a la derecha de ese país. Y no solo a la derecha: intelectuales liberales como Mark Lilla de la Universidad de Columbia sostienen, de manera cada vez más persuasiva, que la política identitaria es mala como política electoral. Según afirman, es muy posible que la culpa de que Donald Trump haya sido elegido recaiga en un Partido Demócrata débil, que es poco más que un mosaico compuesto por una infinidad de grupos diferentes, basados cada uno en su propia identidad.

El problema es que algunos críticos de la política identitaria presumen que en realidad existe política desligada de la identidad. Sin embargo, al echar un vistazo alrededor del mundo se advierte exactamente lo opuesto: lo que tienen en común los partidarios del Brexit, los nacionalistas rusos y los fundamentalistas islámicos es que todas sus posturas políticas se relacionan con la identidad. Y ¿qué es la violenta reacción contra la inmigración si no la afirmación de la primacía de una identidad sobre otra? Mientras más globalizada se vuelve la economía, más depende la política alrededor del mundo de identidades muy locales.

¿Por qué es preocupante esto? Y ¿qué se puede hacer a su respecto?

Empecemos por lo obvio: no toda forma de política identitaria es nociva. En una era de falta generalizada de confianza en los políticos, es de celebrar que un elector se identifique con un candidato. La familiaridad (y la similitud) pueden dar origen a la confianza en lugar de al desprecio. Es más probable que una votante mujer se identifique con una candidata mujer; y lo mismo vale para miembros de minorías étnicas o religiosas.

A su vez, es más probable que los políticos actúen de modo coherente con los intereses de aquellos ciudadanos con quienes comparten una identidad. Es posible que sin Martin Luther King, Jr. y otros inspiradores líderes afroamericanos, no hubiera existido el movimiento por los derechos civiles. Raghabendra Chattopadhyay del Indian Institute of Management y Esther Duflo del MIT, han demostrado que en India quienes mejor atienden los problemas de la mujer son las mujeres que han sido elegidas para ocupar puestos políticos. Rohini Pande de la Universidad de Harvard ha encontrado que sucede algo similar cuando miembros de castas desaventajadas llegan al poder.

De modo que la identidad puede mejorar la representatividad de la democracia representativa. Y en un momento en que escasea la credibilidad de los políticos, los candidatos con identidad más clara pueden hacer promesas más creíbles. Este es uno de los aspectos positivos de la política identitaria.

Pero, también existe un aspecto negativo –varios, en realidad–. El más evidente es que un sistema político marcado por diferentes identidades puede fragmentarse fácilmente. Y si los valores, preferencias o intereses de dichas identidades son muy diferentes, no hay mayor distancia entre la fragmentación y la polarización. En Irlanda del Norte, católicos y protestantes ciertamente tenían identidades fuertes, al igual que los hutus y los tutsis en Ruanda, lo que no fue parte de la solución, sino del problema.

Existe también el riesgo de que la política identitaria reemplace –o debilite fuertemente– la necesidad de justicia económica. Es evidente que muchas injusticias son tanto económicas como identitarias. No es coincidencia que las personas de descendencia africana en Estados Unidos o las poblaciones indígenas en América Latina, se encuentren entre los grupos de mayor pobreza.

No obstante, hay veces en que la discriminación no se basa en la identidad sino en la clase social (Karl Marx no está completamente muerto). En otros casos, el fracaso económico no discrimina. Un crecimiento económico lento puede mantener bajas todas las remuneraciones. Los colapsos que siguen a las burbujas financieras causan desempleo y sufrimiento entre personas de todas las etnias y géneros. Si el foco en la identidad nos lleva a dejar de prestarle atención a la economía, todos sufrimos.

Otro problema, como lo ha señalado Ricardo Hausmann, reside en que el conocimiento necesario para hacer que crezca una economía moderna, no se encuentra en libros de texto, sino al interior de individuos. Y si a estos se los ahuyenta porque su identidad es diferente, ciertamente lo que sufre es la prosperidad económica.

Esto es lo que ha conseguido el chavismo en Venezuela: tras que se despidiera o exiliara a los ingenieros que manejaban la empresa estatal de petróleo, la producción petrolera colapsó, arrastrando consigo a toda la economía venezolana.
El peligro más grande reside en que las identidades pueden manipularse para obtener ventajas políticas. Eso es precisamente lo que hacen los populistas. Las identidades no son fijas, como tampoco lo son las reglas de conducta que ellas conllevan.

Se puede ser un patriota acérrimo sin detestar a los ciudadanos de un país vecino. Sin embargo, en la historia abundan los ejemplos de líderes carismáticos que avivan el tóxico fuego del chauvinismo. Cada vez que el presidente de Bolivia, Evo Morales, enfrenta algún problema político interno, emite una proclama contra Chile, lo que parece haberle dado resultados: lleva 12 años en el poder y, según dice la prensa, se postulará a un cuarto período en 2019.

La solución es el pluralismo

Políticos como Nelson Mandela y Barack Obama son admirados, y con razón, por haber practicado una política y un lenguaje de la inclusión. Todos –blancos y negros, ricos y pobres– tenían cabida en las grandes carpas que erigieron. Sin embargo, hoy parecen llevar la delantera quienes practican la retórica de la división: el muro de Donald Trump y las fronteras cerradas de Viktor Orbán atraen a gran número de votantes.

Afortunadamente, esto no es lo único que atrae votos. Los demócratas liberales creen en el nosotros común de los ciudadanos que tienen los mismos derechos. El desafío está en construir una identidad compartida centrada en estos valores liberales, y demostrar que estamos orgullosos de nuestros países precisamente porque ellos encarnan dichos valores. Esto es lo que han logrado tan bien el Primer Ministro Justin Trudeau en Canadá y el Presidente Emmanuel Macron en Francia.

Ese nosotros común más amplio puede ayudar no solo en el ámbito electoral, sino también en el económico. Las sociedades abiertas educan o atraen a individuos que tienen variados y valiosos tipos de conocimiento y, al hacerlo, prosperan. El pluralismo es la solución al problema de Hausmann. No es coincidencia que las ciudades tolerantes y diversas, como San Francisco y Nueva York, también tengan algunos de los ingresos más altos del mundo.

Entonces, en realidad existe una política identitaria liberal. Y puede ser muy efectiva. Es hora de que más líderes comiencen a practicarla.

Traducción por Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo. Ha sido catedrático de la Universidad de Harvard, de la Universidad de Columbia y de New York University.

Copyright: Project Syndicate, 2018.

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