Es maestra de primer grado y utiliza el yoga en el aula para combatir el bullying

Es maestra de primer grado y utiliza el yoga en el aula para combatir el bullying

Celeste Rodríguez, maestra de primer grado en Federación, Entre Ríos, creó el “Rincón de Paz” en su aula, y aplicando los principios del yoga logró excelentes resultados en el rendimiento, la capacidad de atención y concentración, y hasta la lucha contra el bullying. La iniciativa contagió a toda la ciudad y fue elegida “Maestra Ilustre” del departamento.

Por Diego Jemio

20 de septiembre de 2018

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La escena se repite todos los días en la Escuela Nº 1 Carlos Pellegrini, de Federación (Entre Ríos). Tanto, que ya forma parte de la rutina, como los actos en los días patrios, la Feria de Ciencias y la muestra de Educación Física. Los recreos son, como en toda escuela, una explosión de energía y juegos, pero hay uno que es especial: el Recreo de Yoga. La iniciativa comenzó en esa escuela de 500 alumnos, una de las más concurridas de esa ciudad entrerriana. Y luego se extendió por otras de Federación, que quieren tener también su espacio para que los chicos trabajen sus emociones y encontraron en la práctica además una forma de combatir el bullying.

Detrás de esta historia está Celeste Rodríguez, una docente que habla con entusiasmo del proyecto y de los chicos. Es maestra de primer grado en la Escuela Pellegrini y profesora de yoga, nacida en Concepción del Uruguay. Lleva más de dos décadas formando chicos y fue directora del Colegio Los Naranjos, de Concordia. Cuando decidió mudarse a Federación, volvió al aula.

“El yoga aparece en mi vida hace unos años por una cuestión de salud. Después, comencé a estudiar yoga para niños en Rosario y Santa Fe, con la idea de aplicar esos conocimientos en el aula. Al tiempo presenté un trabajo en la Feria de Ciencias de Federación, con la idea de utilizar el yoga para combatir el bullying”, cuenta Celeste.

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Desde principios de este año, la docente comenzó a desarrollar la idea en el ámbito más pequeño, en su lugar de incidencia. Instaló en el aula de su primer grado el “Rincón de la paz”, al que equipó con plumas, distintos aromas, una manta, almohadones, mandalas, sahumerios y música. La “seño” no da órdenes y son los propios chicos los que van cuando sienten que lo necesitan. Y en poco tiempo, se encontraron con resultados excelentes.

“Es sólo ofrecerle al chico la posibilidad de mirarse. Trabajamos las emociones, identificamos qué nos está pasando -le ponemos un nombre al sentimiento- y vemos cómo podemos canalizarlo de otra manera. Eso resulta fundamental para poder reencontrarnos con lo que nos sucede y elegir la acción más adecuada. Si sé que me está pasando y sencillamente respiro, probablemente no voy a agredir a nadie. Por eso creo que sirve para combatir el bullying”, explica.

La Escuela Pellegrini es de gestión estatal y su población está formada por chicos de distintos estratos sociales, con diferentes problemáticas. La ciudad de Federación todavía recuerda con dolor el traslado de su población en 1979, a raíz de la construcción de la Represa de Salto Grande. Y todos hablan con nostalgia de “la vieja”, como llaman al antiguo emplazamiento de la ciudad, que quedó inundada. Romina Mariana Goya es comerciante y mamá de Ernestina, una de las alumnas de la “seño Celeste” en la escuela. Ella dice que fue una “gran suerte” para su hija tener a Celeste de docente. Y cuenta una escena que pinta cómo es el escenario escolar cotidiano.

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“Hace poco, tuve que pasar por el colegio en horario de clases. ¡Había tanta paz en el aula! Vi a 16 chicos, todos sentados en círculo y escuchando a Celeste con los ojos cerrados. Fue increíble observar a esos nenes de seis años vivenciando el aquí y el ahora. Mi nena va a la escuela feliz y no quiere faltar ni cuando llueve. Además, nos enseña mucho a nosotros. Cuando ven que mi marido y yo andamos acelerados y no le hablamos bien, nos dice: ‘Me hace mal que me hables así y me pone triste’. Eso, evidentemente, lo aprendió del yoga. Cuando tienen un problema con un compañero, piensan antes en hablarlo con él o ella para saber cómo se siente”, dice Goya.

El siguiente desafío de Celeste Rodríguez fue cómo pasar del ámbito del aula a una instancia institucional: “no quería que ningún gurí se pierda los beneficios del yoga” explica. A raíz de la buena recepción de los padres de primer grado, toda la escuela pasó a tener uno de los recreos dedicado a la actividad, y aunque la asistencia no es obligatoria, casi todos van.

“Cantamos alguna canción y nos sentamos en el piso formando un círculo. Les invento cuentos y cantamos mantras, que incorporamos a las historias. Vienen chicos de todos los grados. El que no se acerca es por algún impedimento físico o por una cuestión religiosa de la familia”, cuenta Celeste.

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Federación es una ciudad de apenas 20 mil habitantes, de modo que la historia de la señorita que da yoga en el aula no tardó en conocerse, y rápidamente otras instituciones comenzaron a interesarse por la iniciativa. Ahora Celeste no sólo da talleres en los turnos mañana y tarde de su escuela, sumó otra más en Federación y está disponible para “las que me llamen”.

“En mi grado no tuvimos problemas de bullying, pero sé que en otros sí. Una de mis alumnas manifestó el problema en unos chicos que conocía en la escuela secundaria. Entonces, con alumnos de tercer grado, salimos a compartir una tarde de convivencia con pibes y pibas del primer año de la Escuela Sagrada Familia y la Escuela Técnica. Fue una hermosa experiencia porque los más chiquitos les dieron charlas a los más grandes, con técnicas de yoga”, contó.

Este año, Celeste Rodríguez fue elegida “Maestra Ilustre” de Federación, a raíz de la iniciativa. El premio se otorga a un docente de cada uno de los 17 departamentos de la provincia. “El yoga mejora el rendimiento escolar del niño, ayuda a controlar el nerviosismo, reduce la agresividad, desarrolla la capacidad de atención y concentración e incrementa la capacidad de la memoria, además de fortalecer la autoestima”, decía el documento que la Escuela Nº 1 Carlos Pellegrini de Federación mandó al Ministerio de Educación de la provincia para justificar la candidatura de Celeste al premio, que finalmente obtuvo.

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Mónica Masetto, directora departamental de Educación de Federación, fue una de las que impulsó la postulación de Rodríguez en la capital Paraná. “Nos interesó la idea del autocontrol del niño, con el Rincón de la Paz y luego con los recreos dedicados al yoga. La escuela tuvo muy buenos resultados de disciplina y se lograron calmar situaciones de bullying. Incluso tuvo incidencia en otros aspectos, como la alimentación. Hay chicos que tienen ansiedad y necesitan estar comiendo todo el día. Ella hace todo el trabajo ad honorem. La idea es que Celeste ahora pueda ser un agente multiplicador en otras instituciones. Y estamos trabajando para que eso suceda”, señaló.

Mientras tanto, Celeste sigue dictando yoga y llevando a las familias a la escuela para compartir ese espacio de aprendizaje, en el que todos se divierten y relajan. “Me gustaría capacitar a los docentes”, dice. Y repite, casi como un mantra, su sueño. “Que ningún gurí se pierda los beneficios del yoga”.

Fotos: Celeste Rodríguez – Municipalidad de Federación

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Una muestra destaca el rol de la carne en la Argentina

Una muestra destaca el rol de la carne en la Argentina

La exposición es la excusa para repasar el rol protagónico de la producción en la cultura y la economía a lo largo de la historia del país. La carne barata, una forma muy eficiente de gobernar.

Por Diego Jemio

11 de septiembre de 2018

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Un domingo cualquiera miles de turistas caminan sobre la calle Defensa. Buscan alguna reproducción de Mafalda, un mate, algo de cuero, un objeto para llevarse a casa que condense de algún modo la idiosincrasia argentina. En una de las calles, en la pared de entrada al Museo de la Ciudad, aparece grande la palabra Carne. Y quizá ése sea el punto central para conocer una particularidad de  la historia de este país.

En una de las paredes de la sala que aloja la muestra, hay una línea de tiempo, que arranca en 1555, cuando el militar español Juan Nuñez del Prado arrea desde Potosí a Tucumán los primeros ejemplares introducidos en la Argentina.  A partir de ahí, la historia llega a nuestros días y no sólo muestra la importancia de la carne como alimento -nos comemos siete mil vacas por día- sino también como factor político y económico en nuestro país.

“El de la carne parece un fenómeno invisible pero cruza nuestra vida cotidiana. Fijate en la ciudad que tiene un barrio que se llama Mataderos, pero los mataderos también estuvieron en todos los rincones de Buenos Aires. A partir de 1880, el eje de la expansión económica es la carne”, cuenta Ricardo Pinal, director del Museo de la Ciudad y curador de la muestra.

A medida que habla, la mirada se pierde en el museo, que en octubre cumple medio siglo. Además de la línea de tiempo, hay algunas obras de arte relacionadas con la carne: un grabado de Carlos Alfonso, algunos originales de Patoruzú y, por supuesto, los afiches de la recordada película “Carne”, con Isabel Sarli como protagonista. Al fondo del salón, se recrea una vieja carnicería, con elementos que todos tenemos en la memoria, pero que hoy son difíciles de encontrar: balanza mecánica, una lámpara matamosquitos con luz azul y las clásicas gancheras, además de una placa original de la Junta Nacional de Carnes, el organismo que reguló el mercado desde la década del 30, bajo el gobierno de Agustín P. Justo, hasta su disolución, en los ‘90.

Pinal dice que la muestra es sólo un vuelo de pájaro a una historia que “merecería un museo propio”. Y que se podría contar la historia de las crisis a través de la carne y sus diferentes cortes. “No es lo mismo el loma que la aguja, así como tampoco el asado o el guiso. Éste último está dentro de las comidas de olla, que se pueden agrandar. Además de la cuestión económica, vamos reduciendo mucho nuestra elección gastronómica. ¿Cuándo fue la última vez que viste a un chico de hoy comer hígado? La gente va a un restaurante y pide lo mismo que come en su casa: milanesa”, agrega.

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La carne barata como forma de gobierno

Para montar la muestra “Carne”, el Museo de la Ciudad tuvo que salir a la caza de diversas colecciones, que están dispersas en manos privadas y públicas, como el Museo de los Corrales en el Mercado de Liniers. El Instituto Argentino de Carnes hizo su aporte, con una maqueta en la que se explica todo el proceso, desde la cría al transporte en pie, pasando por los mataderos y la distribución a las carnicerías de toda la ciudad.

Segundo Acuña, agrónomo y director ejecutivo de esa institución, piensa que el acceso a la carne fue un factor fundamental para gobernar la Argentina y para la construcción del país. “En nuestra patria, la dota fueron, de alguna manera, la vaca y el caballo. La primera representa al poder económico, mientras que la segunda es el militar. Acá vinieron con la ilusión de encontrar oro y plata, que no se cumplió. Finalmente, las vacas generaron fortunas, colonizaron el continente y se convirtieron en nuestras embajadoras. Creo que gobernar la Argentina fue, en líneas generales, procurar carne barata para la población”, apunta.

Quizá reducir el bienestar económico al acceso a la carne sea algo reduccionista. Pero se pueden sacar algunas conclusiones a través de la curva de consumo de kilos de carne por año y por persona, de acuerdo a los diferentes gobiernos. En la década del 50 y posteriores -hasta los 80-, el consumo rondaba los 80 kilos por persona. En 2002 y 2016, los dos peores años con registros, el consumo cayó a 59 y 55 kilos, respectivamente. El año pasado fue de 57 kilos. Aunque la carne vacuna sigue mandando, los argentinos incorporan cada vez más el pollo y el cerdo a sus platos. El consumo avícola rondó los 45 kilos en 2017, según el Centro de Empresas Procesadoras Avícolas. Mientras tanto, el de cerdo trepó a 14 kilos en el mismo año, pero significó el más alto en la década, según el Ministerio de Agroindustria.

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La vaca y la soja

El escenario de la producción cambió drásticamente hace algunos lustros, con la explosión de la soja. No hubo más rotación entre agricultura y ganadería y comenzó a reinar la siembra directa. “Ese escenario no sólo expulsó a las vacas del campo -agrega Acuña- sino que también lo hizo con la gente. La agricultura es poner el cultivo y, en muchos casos, sólo cobrar. En la ganadería hay que buscar la vaca, preñarla con un toro, estar atento a la inseminación y esperar unos 20 meses. Tenés que estar. La agricultura es delegable. La ganadería no. Y nadie quiere vivir en el campo si no hay asfalto ni wifi de alta velocidad. La soja tiene mucho que ver en esa transformación”.

Mientras Acuña habla, los turistas y curiosos pasan por la puerta del museo, que tiene una de esas cortinas plástica y multicolores de la carnicería. Pasamos de un alimento riquísimo en proteínas a un lote de animales en feedlot. Tanto tiene que ver la carne con nuestra identidad que, antes de venir a Buenos Aires, Juan de Garay mandó con anticipación un arreo importante de vacunos, con la idea de no tener problemas de comida. Primero la vaca, después la fundación. Pero no siempre fue así. Mario Silveira, licenciado en Química y en Antropología (UBA) y especialista en Zooarqueología (disciplina que tiene como fin estudiar los restos animales procedentes de los sitios arqueológicos), recuerda que muy cerca del Museo de la Ciudad, allá por 1810, se comían otras delicias. “El lugar de pesca más concurrido estaba muy cerca de la Casa de Gobierno. Los vendedores se metían al río con caballos y redes y sacaban una redada de peces de variedad abundante. Había armado, dorado, surubí, pejerrey, lisa y boga, entre otras especies. ¿Sabés cuál era la comida rápida, el fast food de la época de 1810? El pescado frito en grasa. Por una moneda de cobre, te daban una posta de pescado”, recuerda. Mientras tanto, cae la tarde y los turistas, que siempre cenan temprano, buscan las parrillas que recomiendan sus guías de viaje.

Información. La muestra “Carne” se puede ver hasta mediados de octubre en el Museo de la Ciudad. Todos los días de 11 a 18 horas.

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