En Estados Unidos, los plutócratas están ganando

En Estados Unidos, los plutócratas están ganando

La política estadounidense se ha convertido en un juego dominado por los intereses corporativos, con recortes de impuestos para los ricos, desregulación para los contaminadores y calentamiento global para el resto de nosotros. El mundo merece algo mejor.

Por Jeffrey D. Sachs

30 de octubre de 2018

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Los alborotos del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, contra programas sociales y regulaciones ambientales son en parte producto de su ignorancia y narcisismo. Pero también representan algo más: la corrupción del sistema político estadounidense.

La política estadounidense se ha convertido en un juego de, por y para poderosos intereses corporativos, con recortes de impuestos para los ricos, desregulación para los contaminadores y guerra y calentamiento global para el resto de nosotros. Trump no es más que un síntoma, aunque chocante y peligroso, de un malestar político mucho más profundo.

Las políticas de Trump incluyen prioridades ampliamente respaldadas por los republicanos en el Congreso de los Estados Unidos: reducir los impuestos para los ricos a expensas de los programas para los pobres y la clase trabajadora; aumentar el gasto militar a expensas de la diplomacia; y permitir la destrucción del medio ambiente en nombre de la “desregulación”.

Divergencia de intereses entre el poder y la ciudadanía

Pero estas no son las prioridades compartidas por la mayoría de los estadounidenses, ni siquiera cerca. La mayoría quiere cobrar impuestos a los ricos, ampliar la cobertura de salud, detener las guerras de Estados Unidos y combatir el calentamiento global. Trump y sus cómplices se oponen a la opinión pública, no la representan.

Lo están haciendo por una razón: el dinero. Las políticas de Trump sirven a los intereses corporativos que financian campañas electorales y administran efectivamente el gobierno de los Estados Unidos. Hoy en día, las compañías mega-contaminantes ya no necesitan presionar; Trump les entregó las llaves del Departamento de Estado, la Agencia de Protección Ambiental y el Departamento de Energía. Los expertos de la industria también ocupan cargos de personal superior del Congreso.

Gran parte del dinero corporativo puede ser rastreado; el resto fluye de forma anónima, como “dinero oscuro” que evita el escrutinio público. La mayor fuente de dinero oscuro son los hermanos Koch, David y Charles, quienes, con un valor neto combinado de unos $ 100 mil millones, han gastado libremente durante décadas esencialmente para comprar el sistema político de los Estados Unidos. Sus esfuerzos están teniendo éxito.

Un partido Republicano cooptado

Cuando se trata de política fiscal y cambio climático, el Partido Republicano está casi completamente en manos de los hermanos Koch y sus amigos de la industria petrolera. Su objetivo inmoral es simple: reducir los impuestos corporativos y desregular el petróleo y el gas, independientemente de las consecuencias para el planeta. Su maldad es escalofriante, pero es real. Y Trump es su factotum.

Ahora es tarea del resto del mundo decir no a la temeraria avaricia corporativa de los Estados Unidos y a los propios estadounidenses reclamar sus instituciones democráticas mediante la eliminación del dinero oscuro y la malevolencia corporativa que suscribe. Los estadounidenses, y el mundo, merecen algo mejor.

Jeffrey D. Sachs, Profesor de Desarrollo Sostenible y Profesor de Política y Gestión de Salud en la Universidad de Columbia, es Director del Centro de Desarrollo Sostenible de Columbia y de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

© Project Syndicate 1995–2018 | Foto: Nicholas Kamm – AFP

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Al final, las políticas de Trump terminarán destronando al dólar

Al final, las políticas de Trump terminarán destronando al dólar

Los beneficios que los Estados Unidos obtienen de tener la principal moneda internacional del mundo están disminuyendo con el aumento del euro y la moneda china. Y ahora las guerras comerciales mal orientadas del presidente Donald Trump que tan fuerte han golpeado a las monedas emergentes, incluyendo el peso argentino, acelerarán la pérdida del rol dominante que ha tenido el dólar.

Por Jeffrey Sachs

13 de septiembre de 2018

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Allá por 1965, Valéry Giscard d’Estaing (entonces ministro de finanzas de Francia) calificó de “privilegio exorbitante” los beneficios que reportaba a Estados Unidos el hecho de que el dólar fuera la principal moneda de reserva del mundo. Pero esos beneficios están disminuyendo con el ascenso del euro y del yuan chino como monedas de reserva alternativas. Y ahora, las erradas políticas de guerra comercial y sanciones a Irán del presidente estadounidense Donald Trump acelerarán el abandono del dólar.

Una ventaja desproporcionada para EE.UU.

El dólar supera a todas las otras divisas como moneda para las transacciones internacionales. Es la unidad de cuenta (o de facturación) más importante para el comercio internacional. Es el principal medio de intercambio para el pago de transacciones internacionales. Es el principal depósito de valor de los bancos centrales de todo el mundo. La Reserva Federal actúa como prestamista de última instancia del mundo, como lo hizo durante el pánico financiero de 2008, aunque debemos reconocer también que los errores de la Reserva ayudaron a provocar la crisis de 2008. Y el dólar es la principal moneda financiera, al estar denominadas en él la mayor parte de las deudas internacionales de empresas y gobiernos.

En cada una de estas áreas, el dólar abarca mucho más de lo que le correspondería según el peso de Estados Unidos en la economía mundial. En la actualidad Estados Unidos genera cerca del 22% de la producción mundial medida a precios de mercado, y alrededor del 15% en términos de paridad de poder adquisitivo. Pero el dólar representa más de la mitad de la facturación, las reservas, los pagos, la liquidez y la financiación del mundo. Su principal competidor es el euro, mientras que el yuan asoma a la distancia en tercer lugar.

La función que cumple el dólar como principal moneda del mundo otorga a Estados Unidos tres importantes beneficios económicos. El primero es la capacidad de financiarse en el extranjero en dólares. Un gobierno que se endeuda en moneda extranjera puede quebrar; no es así cuando se endeuda en su propia moneda. Más en general, el papel internacional del dólar ofrece al Tesoro de los Estados Unidos más liquidez y tipos de interés más bajos al momento de endeudarse.

Una segunda ventaja tiene que ver con la actividad bancaria: Estados Unidos, y más precisamente Wall Street, obtiene importantes ingresos de la venta de servicios bancarios al resto del mundo. Una tercera ventaja tiene que ver con el control regulatorio: Estados Unidos administra o coadministra directamente los principales sistemas de liquidación de pagos del mundo, lo que le da importantes herramientas para vigilar y limitar los flujos de fondos relacionados con el terrorismo, el narcotráfico, la venta ilegal de armas, la evasión fiscal y otras actividades ilícitas.

Pero estos beneficios dependen de que Estados Unidos provea al mundo servicios monetarios de alta calidad. La amplitud de uso del dólar se debe a que ha sido la moneda más conveniente, menos costosa y más segura como unidad de cuenta, medio de intercambio y depósito de valor. Pero no es insustituible. En el transcurso de los años, la función de custodia del sistema monetario internacional por parte de Estados Unidos ha tenido serios tropiezos, y el desgobierno de Trump puede acelerar el final del predominio del dólar.

La mala administración fiscal y monetaria de Estados Unidos a fines de los sesenta llevó en agosto de 1971 a la ruptura del sistema de fijación cambiaria basada en el dólar de Bretton Woods, cuando el gobierno del presidente Richard Nixon repudió unilateralmente el derecho de los bancos centrales extranjeros a cambiar sus dólares por oro. Al quiebre del sistema basado en dólares le siguió una década de alta inflación en Estados Unidos y Europa, y luego una abrupta y costosa desinflación en Estados Unidos a principios de los ochenta. La turbulencia del dólar fue uno de los principales motivos por los que Europa inició en 1993 el proceso de unificación monetaria que culminó en 1999 con la creación del euro.

Asimismo, el mal manejo estadounidense de la crisis financiera asiática en 1997 alentó a China a iniciar la internacionalización del yuan. La crisis financiera global de 2008, que comenzó en Wall Street y en poco tiempo se extendió por el mundo a la par que se agotaba la liquidez interbancaria, fue un nuevo aliciente para el abandono del dólar y la adopción de monedas alternativas.

Las políticas de Trump debilitarán el rol de Nueva York como centro financiero global

Ahora es casi seguro que las desacertadas guerras comerciales y sanciones de Trump reforzarán la tendencia. Así como el Brexit está debilitando a la City londinense, las políticas comerciales y financieras de Trump, englobadas en el eslogan “Estados Unidos primero”, debilitarán el papel del dólar y el de Nueva York como centro financiero global.

De las políticas económicas internacionales de Trump, las más trascendentes y erradas son la creciente guerra comercial con China y la reimposición de sanciones a Irán. La guerra comercial es un intento torpe y prácticamente incoherente del gobierno de Trump de detener el ascenso económico de China tratando de asfixiar las exportaciones del país y su acceso a tecnología occidental. Pero si bien los aranceles y las barreras comerciales no arancelarias de Estados Unidos pueden afectar el crecimiento de China en el corto plazo, no cambiarán decisivamente su trayectoria ascendente a largo plazo. Lo más probable es que refuercen la determinación de las autoridades chinas de poner fin a la continua dependencia parcial de su país respecto de las finanzas y el comercio estadounidenses y redoblar la política de fortalecimiento militar, inversión masiva en tecnologías de avanzada y creación de un sistema internacional de pagos basado en el yuan como alternativa al sistema del dólar.

El abandono de Trump del pacto nuclear de 2015 con Irán y la reimposición de sanciones a la República Islámica pueden ser factores igualmente trascendentes de debilitamiento del papel internacional del dólar. Sancionar a Irán se contradice con las políticas internacionales hacia este país. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad seguir apoyando el pacto nuclear y restaurar las relaciones económicas con Irán. Otros países, liderados por China y la UE, empezarán a buscar modos de eludir las sanciones estadounidenses, sobre todo mediante la evitación del sistema de pagos en dólares.

Por ejemplo, el ministro alemán de asuntos exteriores, Heiko Maas, declaró hace poco el interés de Alemania en crear un sistema europeo de pagos independiente de Estados Unidos. Según Maas, es “indispensable fortalecer la autonomía europea mediante la creación de canales de pago independientes de Estados Unidos, un Fondo Monetario Europeo y un sistema SWIFT independiente” (SWIFT es la organización que gestiona el sistema de mensajería internacional para transferencias interbancarias).

Hasta ahora, la dirigencia empresarial estadounidense ha apoyado a Trump, que les prodigó rebajas de impuestos corporativos y desregulaciones. Pese al creciente déficit fiscal, la fortaleza del dólar a corto plazo sigue firme, ya que las rebajas impositivas impulsaron el consumo estadounidense y un alza de tipos de interés que atrae capitales del exterior. Pero en algunos años, las dispendiosas políticas fiscales de Trump y sus imprudentes políticas comerciales y de sanciones debilitarán la economía estadounidense y el papel del dólar en las finanzas mundiales. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que las empresas y los gobiernos del mundo acudan a Shanghai en vez de Wall Street para colocar bonos en yuanes?

Traducción por Esteban Flamini

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Política Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

© Project Syndicate 1995–2018 | Foto: Nicholas Kamm – AFP

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Todos somos refugiados climáticos

Todos somos refugiados climáticos

Los incendios de este verano, las sequías y las altas temperaturas récord deberían servir como una llamada de atención. Cuanto más tiempo una élite estrecha e ignorante condena a la humanidad a vagar sin rumbo fijo en el desierto político, más probable es que todos terminemos en un páramo.

Por Jeffrey Sachs

6 de agosto de 2018

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Los humanos modernos, nacidos en una era climática llamada el Holoceno, han ingresado en otra era, el Antropoceno. Pero en lugar de un Moisés que guía a la humanidad en este páramo nuevo y peligroso, una banda de negadores de la ciencia y contaminadores hoy desorienta a la humanidad y la conduce hacia un peligro aún mayor. Hoy somos todos refugiados climáticos y debemos trazar un camino hacia la seguridad.

El Holoceno fue la era geológica que comenzó hace más de 10.000 años, con condiciones climáticas favorables que sustentaron la civilización humana tal como la conocemos. El Antropoceno es una nueva era geológica con condiciones ambientales que la humanidad nunca antes ha experimentado. Es lamentable, pero la temperatura de la Tierra hoy es más alta que durante el Holoceno, debido al dióxido de carbono que la humanidad ha emitido a la atmósfera al quemar carbón, petróleo y gas, y al transformar indiscriminadamente los bosques y las praderas del mundo en granjas y pasturas.

El futuro no es prometedor

La gente sufre y muere en un contexto nuevo, y lo que se viene es mucho peor. Se estima que el huracán María se cobró más de 4.000 vidas en Puerto Rico en septiembre pasado. Los huracanes de alta intensidad se están volviendo más frecuentes, y tormentas de gran envergadura están causando más inundaciones, debido a la mayor transferencia de calor de las aguas cada vez más cálidas de los océanos, la mayor humedad en el aire más templado y el ascenso de los niveles del mar –todos ellos mucho más extremos como consecuencia del cambio climático inducido por el hombre.

Apenas el mes pasado, más de 90 personas murieron en los suburbios de Atenas como resultado de un incendio forestal devastador ocasionado por la sequía y las altas temperaturas. Este verano, en el Hemisferio Norte, también están estallando grandes incendios forestales en otros lugares tórridos y devenidos secos recientemente, como California, Suecia, Gran Bretaña y Australia. El año pasado, Portugal fue devastado. En todo el mundo, se están alcanzando muchas temperaturas altas sin precedentes este verano.

Qué imprudente por parte de la humanidad haber atravesado a toda prisa la frontera del Holoceno, ignorando –como un personaje de una película de terror- todas las señales de advertencia obvias. En 1972, los gobiernos del mundo se reunieron en Estocolmo para ocuparse de las crecientes amenazas ambientales.

En el período previo a la conferencia, el Club de Roma publicó Los límites del crecimiento, que introdujo por primera vez la idea de una trayectoria de crecimiento “sostenible” y de los riesgos del descontrol ambiental. Veinte años después, las señales de advertencia destellaron en Río de Janeiro, donde los estados miembro de las Naciones Unidas se reunieron en la Cumbre de la Tierra para adoptar el concepto de “desarrollo sostenible” y firmar tres tratados ambientales importantes para frenar el calentamiento global inducido por el hombre, proteger la diversidad biológica y detener la degradación y desertificación de la tierra.

Estados Unidos está en deuda

Después de 1992, Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, ignoró ostentosamente los tres nuevos tratados y dio a entender a otros países que también podían disminuir sus esfuerzos. El Senado de Estados Unidos ratificó los tratados sobre clima y desertificación, pero no hizo nada para implementarlos. Y se negó inclusive a ratificar el tratado para proteger la diversidad biológica, en parte porque los republicanos de los estados del oeste insistieron en que los propietarios tienen derecho a hacer lo que quieran con su propiedad sin intromisión internacional.

Más recientemente, el mundo adoptó los Objetivos de Desarrollo Sostenible en septiembre de 2015 y el acuerdo climático de París en diciembre de 2015. Sin embargo, una vez más, el gobierno de Estados Unidos ha ignorado deliberadamente los ODS y quedó en el último puesto entre los países del G-20 en términos de esfuerzos de implementación gubernamentales. Y el presidente Donald Trump ha declarado su intención de retirar a Estados Unidos del acuerdo climático de París en el momento más temprano posible, 2020, cuatro años después de que el acuerdo entrara en vigencia.

Las cosas van a empeorar. El ascenso de CO2 causado por el hombre todavía no ha alcanzado su efecto pleno de calentamiento, debido al considerable retraso del impacto que tendrá en las temperaturas de los océanos. En las próximas décadas el calentamiento aumentará otro 0,5ºC aproximadamente en base a la concentración actual de CO2 (408 partes por millón) en la atmósfera, y el calentamiento será mucho mayor si las concentraciones de CO2 siguen subiendo con la quema habitual de combustibles fósiles. Para lograr el objetivo del acuerdo de París de limitar el calentamiento “muy por debajo de 2ºC” en relación al nivel preindustrial, el mundo necesita pasar decididamente del carbón, el petróleo y el gas a la energía renovable aproximadamente en 2050, y de la deforestación a la reforestación y la restauración de las tierras degradadas.

Un grupo pequeño pero poderoso mantiene el sistema actual

¿Por qué, entonces, la humanidad sigue avanzando tontamente hacia una tragedia segura?

La razón principal es que nuestras instituciones políticas y los gigantes corporativos deliberadamente ignoran los crecientes peligros y perjuicios. La política tiene que ver con obtener y mantener el poder y los beneficios, no con solucionar problemas, ni siquiera problemas ambientales de vida o muerte. Administrar una empresa importante tiene que ver con maximizar el valor accionarial, no con decir la verdad o evitar un gran daño al planeta. Los inversores en busca de ganancias son dueños de los grandes medios, o al menos ejercen influencia a través de sus compras de publicidad. Así, un grupo pequeño pero muy poderoso mantiene el sistema de energía basado en combustibles fósiles a costa de un creciente peligro para el resto de la humanidad hoy y en el futuro.

Trump es el último tonto útil que cumple las órdenes de los contaminadores, instigado por los republicanos del Congreso que financian sus campañas electorales con aportes de delincuentes ambientales como las Industrias Koch. Trump ha llenado el gobierno de Estados Unidos de lobistas industriales que están desmantelando sistemáticamente cada regulación ambiental a la que pueden echar mano. Más recientemente, Trump ha nombrado a un ex abogado de la megacontaminadora Dow Chemical para liderar el programa de limpieza tóxica de Superfund de la Agencia de Protección del Medio Ambiente. Es de no creer.

Necesitamos un nuevo tipo de política que empiece con un objetivo global claro: la seguridad ambiental para la gente del planeta, cumpliendo con el acuerdo climático de París, protegiendo la biodiversidad y reduciendo la contaminación, que mata a millones de personas cada año. La nueva política escuchará a expertos científicos y tecnológicos, no a líderes empresarios que actúan en interés propio ni a políticos narcisistas. Los climatólogos nos permiten calcular los crecientes peligros. Los ingenieros nos instruyen sobre cómo hacer la transición rápida, en 2050, a una energía sin emisiones de carbono. Los ecologistas y los agrónomos nos demuestran cómo tener más y mejores cultivos en menos tierra, terminando al mismo tiempo con la deforestación y restableciendo la tierra degradada anteriormente.

Una política de esas características es posible. En verdad, la población la espera con ansias. Una gran mayoría de los norteamericanos, por ejemplo, quiere combatir el calentamiento global, quedarse en el acuerdo climático de París y adoptar la energía renovable. Sin embargo, mientras una elite estrecha e ignorante condena a los norteamericanos y al resto de la humanidad a vagar sin rumbo en el desierto político, lo más probable es que todos terminemos en un yermo del cual no habrá salida.

Jeffrey D. Sachs, profesor de Desarrollo Sostenible y de Política y Gestión de la Salud en la Universidad de Columbia, es director del Centro para el Desarrollo Sostenible de Columbia y de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

© Project Syndicate 1995–2018

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