Rodrigo Fresán: “Ser lector implica una disciplina tan rigurosa como la de ser escritor”

Rodrigo Fresán: “Ser lector implica una disciplina tan rigurosa como la de ser escritor”

El escritor argentino residente en Barcelona visitó el país para participar del FILBA y conversó con Red/Acción. La literatura, la situación política y cultural del país, y esa inentendible pasión por Crepúsculo, en los ojos de uno de los mejores escritores de nuestro país.

Por Joaquín Sánchez Mariño

29 de octubre de 2018

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Malas maneras de conocer a un escritor: poner su nombre en Google, leer solapas o reseñas, hacer caso a carteles en la calle. Buenas maneras: de casualidad, eligiendo un completo desconocido para hacerse el anti sistema, leer un escritor recomendado de manera insistente por otro escritor que ya conocimos y nos gusta.

Si ponemos Rodrigo Fresán en Google aparecen algunas fotos, el dato de que nació el 18 de julio de 1963, y la siguiente leyenda: “Rodrigo Fresán es un escritor y periodista argentino”. Poco dice de sus libros. En lo personal lo conocí leyendo a Roberto Bolaño, que hablaba de él como el tipo vivo que más libros había leído en el mundo (incluso más que el mismo Bolaño).

Como soy el autor del manual de buenas prácticas para conocer a un escritor que improvisé tres párrafos arriba, me arrojé sobre el primer libro que encontré de Fresán con devoción. Se trata de Historia Argentina, un volumen de cuentos que publicó a principios de los ‘90. Fresán tenía por entonces 27 años y de la noche a la mañana se convirtió en la estrella literaria del país. El libro se hizo líder en ventas y todo cambió para siempre. ¿Era un libro fácil? No. ¿Se hablaba de vampiros o de algún crimen nórdico? No. Era −es− un libro rarísimo, entre hermenéutico y pop, ágil e indefinible. Va extracto de solapa: “Con su primer libro (que contiene, dice, el germen de todos los libros posteriores), Rodrigo Fresán causó conmoción y fue considerado el abanderado de la llamada ‘joven narrativa argentina'”.

Otro extracto, acaso más representativo: “Aparecidos, desaparecidos, desaparecedores profesionales y amateurs, Mickey Mouse, Eva Perón, golpes de Estado, estados depresivos, Estados Unidos, tiempo tormentoso, truenos y rayos”.

Como fuera, yo no lo leí por eso sino por las palabras de Bolaño. No fallé: la impresión que me causó fue tal que diez años después de aquel descubrimiento supe que venía al FILBA (Festival Internacional de Literatura) y quise entrevistarlo. Así lo hice.

En el medio, de aquel prodigio a hoy, Fresán escribió Vidas de santos, La velocidad de las cosas, Mantra, Jardines de Kensington y El fondo del cielo. Se fue a vivir a Barcelona (ahí conoció a Bolaño, justamente), y este año ganó los premios Roger Caillois a su trayectoria (en Francia), y el Best Translated Book Award a la mejor novela extranjera (en Estados Unidos), por las dos primeras partes de una trilogía de más de 2 mil páginas: La parte Inventada (2014), La parte soñada (2017) y resta salir La parte recordada (que se publica en octubre del 2019).

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-¿Cómo te llevás con los premios?
-Me llevo genial porque nunca me presenté a ninguno. Los premios que tuve son premios que me los dieron, no premios en los que uno elige concursar. Los premios apetitosos son generalmente a manuscritos inéditos compitiendo con otros manuscritos inéditos, y a mí me parece mucho más lícito y honesto que compitan libros que ya están editados. En los otros premios siempre hay deseos de una editorial de captarte, de llevarte a otro lado… No pienso en eso para nada.

-¿Cómo ves la situación cultural del país? La discusión literaria sobre todo.
-No tengo gran conciencia. No me preocupa. Me parece que la discusión literaria generalmente no es un tema de escritores. Es de gente que está alrededor del mundo de la literatura. Y tampoco me preocupa la realidad siquiera. En ese sentido yo soy muy nabokoviano: creo que la realidad está sobrevalorada y si escribo es justamente para no tener a la Argentina unida a cierta idea de lo que es la literatura. En mis libros la Argentina aparece siempre con una fórmula que es “mi inexistente país de origen”, que ya es una declaración de intenciones de por sí, ya desde el primer libro.

-¿Cuándo te fuiste a vivir a España?
-A principios del ‘99. Volví en el 2002 en plena crisis, cuando salió Mantra. Y después pasé 12 años sin volver. Cuando volví en el 2002 fue como volver en el apocalipsis. La siguiente vez fue como volver en el post apocalipsis supongo.

-Y ahora volviste en el apocalipsis otra vez.
-Sí, pero la Argentina tiene como un signo de catástrofe permanente también, ¿no? Te podés perder varios capítulos de la serie que igual vas a saber lo que pasó.

-Me pregunto cómo era la Argentina en la que vos te formaste como escritor y cómo es la Argentina en la que hoy se están formando los escritores jóvenes.
-En la de hoy no lo sé porque no tengo acceso al circuito. Hay una cosa que antes no había, que es la cantidad de editoriales independientes. Es algo que me parece bastante envidiable. Ahora hay una idea de editorial joven y de escritor joven, cosa que antes no. Cuando yo publiqué por primera vez no existía el concepto de escritor joven. Podían haber escritores jóvenes, sin dudas, estaban Alan (Pauls), y Daniel (Guebel) y Martín (Caparrós), que habían sido jóvenes unos años antes y seguían siendo considerados así, pero no había una conciencia de la juventud de ser escritor. Éramos gente con una determinada edad cronológica que escribíamos. Hoy es un concepto más marcado.

-¿Ves con buenos ojos que hoy se publique tanto?
-¿Se publica mucho?

-En términos de bibliodiversidad sí. Los números indican que se imprimen menos ejemplares pero se publican más títulos.
-Me parece bien. Estadísticamente cuanto más se publique más buenos libros pueden aparecer.

-Pero el lector que va a la librería más posibilidades de pifiarla tiene.
-Pero ser lector implica una disciplina tan rigurosa como la de ser escritor. Me parece que un lector tiene que trabajar un poco.

-En el mercado está esta idea de que no, de que un libro difícil es un demérito del escritor.
-¿Qué es un libro difícil?

-La Historia, de Caparrós por ejemplo. La broma infinita, de Foster Wallace. El Ulises de Joyce. Libros exigentes.
-A mi me parece más difícil leer un libro malo que leer un libro bueno. Qué sé yo, la idea de la dificultad es muy ambigua también. Es como cuando te dicen: es una persona muy simpática… Eso puede significar muchas cosas.

-Bueno, Crepúsculo por ejemplo es un libro que leen millones…
-Crepúsculo es uno de los peores libros que hay. Yo lo leí. Yo escribo sobre libros entonces cuando se produce un fenómeno literario tengo la obligación profesional de saber qué no me va a gustar. No me puede no gustar en abstracto, no haberlo leído. Yo lo leí.

-¿Y por qué creés que pega tanto una novela como Crepúsculo y nadie lee otros libros literariamente más ambiciosos?
-Bueno, es un misterio para mi que las mismas chicas que suspiraban con Crepúsculo no hayan caído en masa sobre Cumbres Borrascosas de Emily Brönté o el Gran Gatsby, de Fitzgerald. Historias de amor malditas en la literatura está lleno.

-O también está el caso Cincuenta Sombras de Grey.
-Son fenómenos masivos de histeria. También en el rock pasa lo mismo. Que Justin Bieber se convierta en un genio de la música y que venda más que Ray Davies de los Kings… bueno, podés vivirlo como “ah, qué injusto que es el mundo”, pero siempre ha sido así. Que la gente que quiere leer Crepúsculo lo lea, pero que sea consciente de lo que se pierde. Que sepa que hay otras cosas. Si comparás los vampiros de Anne Rice de Entrevista con el vampiro con Crepúsculo…el primero es una obra maestra de la literatura.

historia argentina

-Una de las cosas interesantes del FILBA fueron los talleres. Los que fueron dados por norteamericanos estaban más apuntados al método de trabajo, a la materia de la escritura en sí, y los latinoamericanos más a la idea de la literatura, a la discusión. ¿Notás esta diferencia?
-Es que Estados Unidos tiene una tradición de workshops y de enseñanza de cómo narrar que en otros países no hay. Acá hay muchos talleres literarios pero es a un nivel más lírico poético romántico. Estados Unidos en cambio es un lugar en el que existe una carrera de escritor en el sentido de que publicás primero acá, después allá, después en el New Yorker, después sale una crítica en el New York Times… Está todo más instrumentalizado, y eso tiene su parte buena y su parte mala.

-¿Cuál es la mala?
-Que surgen tantos escritores que son todos parecidos. Cuentan la misma historia. Hay cierta uniformidad.

-Hace unos años decías que después de la infancia el único descubrimiento que le queda al ser humano es el sexo.
-Yo lo que decía es que hasta los 12 años te pasan todas las cosas que te van a pasar, que después con variaciones se van a repetir. Y generalmente el descubrimiento del sexo es la última de esa serie de novedades. Y bueno… después está la muerte.

-¿Y la paternidad? ¿No es una novedad posterior a la infancia?
-Sí, tenés razón… Bueno, pero es consecuencia del sexo. Es una versión loaded del sexo.

-Hace poco en una entrevista Alan Pauls dijo que no soportaba el lenguaje inclusivo y se armó un gran revuelo en redes. ¿Qué opinás?
-No tengo opinión. Quiero decir: nunca pensé en el tema. Y me niego a pensar para dar una respuesta. Tengo 55 años. Hay un momento en que te das cuenta de que la vida es breve y empezás a pensar que además la capacidad de pensamiento y de las neuronas también es breve, y en cualquier momento podés desarrollar una enfermedad degenerativa.

-No querés ocupar tu cabeza con temas que no elegís.
-A mi me parece bien que el lenguaje inclusivo le preocupe a alguien que fue machista y se está dando cuenta y dice: bueno, de este modo estoy pagando mis culpas. Pero yo jamás fui machista. Y me acuerdo de muchas mujeres enojándose cuando uno decía poetisa en lugar de poeta. Pero realmente son cosas en las que no pienso.

-¿Cuando escuchás un discurso que empieza con “bienvenidos todes”, ¿qué pensás?
-Inmediatamente cuando surge este tipo de poética/polémica veo a los personajes femeninos en mis libros y veo que son muy sólidos e incluso heroicos en más de un sentido. Creo que nadie me podría acusar de no tener consideración por el insondable misterio de lo femenino, por llamarlo de algún modo.

-¿Cómo es tu método de escritura?
-No tengo método. Escribo todos los días porque tengo que mandar artículos y pagar las cuentas y tengo una fecha en la que entregar los libros. Entonces desarrollé una especie de disciplina. Trabajo en mi casa y está el ordenador prendido siempre. Lo que sí cambió es mi forma de escribir: antes tenía una idea de que venían todas las tramas bien formadas y ahora vienen como frases sueltas o como despachos telegráficos a los que yo tengo que encontrarle las partes faltantes. Es más divertido y es más difícil.

Rodrigo Fresán junto a Horacio Castellanos Moya y José María Brindisi en el Filba.
Rodrigo Fresán junto a Horacio Castellanos Moya y José María Brindisi en el Filba.

-¿A qué creés que debería dedicar su día a día un escritor?
-Tiene que escribir un poco para revalidar el título, para poder decir soy escritor antes de irse a dormir digamos, ¿no? Llevo 20 años con una mujer muy enamorado de ella, me la paso genial con mi hijo, me gusta ver alguna serie de televisión, me gusta ver películas, escuchar música… y aún así estoy siempre trabajando. Quiero decir: si te dedicás a escribir seriamente y ya tenés una cantidad de libros detrás sos escritor las 24 horas del día los 7 días de la semana. Hay una parte de tu cerebro que está como una app funcionando todo el tiempo, y después tenés el resto de tu vida.

-¿Es un buen oficio? ¿Le dirías a tu hijo: “dedicate a esto”?
-Ni sí ni no. Me parece que cada vez es más difícil y además estamos viviendo un momento de fin de ciclo. Hay mucho pirateo, hay una cantidad de cosas que antes no existían. No creo que vaya a ser escritor de todos modos.

-¿Esta idea de estar las 24 horas siendo escritor no te arruina un poco la vida?
-Hay una anécdota que yo siempre la cito. En una entrevista que le hicieron no hace mucho a Ringo Star le preguntaron cómo es ser un beatle. Y Ringo se lo quedó mirando al periodista y le preguntó: ¿cómo es no ser un beatle? Dice que nunca tuvo conciencia de otra cosa. ¿Cómo es ser panadero? ¿Cómo es no ser escritor? Si existiera un botón que si yo lo apretara dejaría de ser escritor durante cuatro meses, yo lo apretaría. Funcionaría como una especie de desintoxicación para no pensar todo en términos literarios. Dejar de pensar: “esto me sirve”… Porque hay un momento en que todo te sirve. Buena parte del trabajo del escritor no pasa por que se te ocurran cosas sino por saber cuáles son las que te sirven.

-Saber cuáles son las buenas…
-Las que te sirven. Porque hay veces que las buenas no te sirven tampoco. Hay que saber tirar gente por la borda.

-¿Cuál es tu visión política del país?
-En este momento podés decir: “hizo un gesto abriendo sus manos y sonrió con una mezcla de tristeza y sorna“… No sé la verdad. Yo escribí un libro que se llamó Historia Argentina. ¿Viste cuando piden caridad y algunos dicen “yo ya dí”?… Bueno, ¡yo ya dí!

-El famoso granito de arena.
-No sé, no es una preocupación mía la Argentina. Y nunca fui un escritor comprometido con la realidad que sienta que mis libros puedan llegar a iluminar algún costado de lo que es la Argentina. Desde un punto de vista es fascinante y a veces es extenuante. Está esta cosa de siempre volver a empezar, el ritornelo. Por eso digo que el cuento es el género rey en el país, porque no hay largas distancias nunca. Y del mismo modo hay varios Maradona, hay varios Perón… No hay un largo aliento novelístico sino un breve gemido cuentístico constante.

-¿Llevás un diario?
-No. He llevado diarios muy puntuales por encargo. Escribí un diario breve sobre no poder leer Rayuela, cosa que sigo sin poder hacer. Sobre una mudanza de mi biblioteca en Barcelona.

-¿Qué estás leyendo?
-Estoy releyendo mucho a Nabokov. En este momento estoy leyendo el último libro de cuentos de Débora Aizenberg, que es una escritora norteamericana que me gusta mucho. Estoy leyendo a Suetonio también.

-¿Leés contemporáneos?
-Sí, en esta visita me compré varios libros. Empecé a leer La Comemadre de Roque Larraquy, me entusiasma bastante. Me gustó mucho el libro de Maga Etchebarne, Los mejores días. Me gustó mucho el libro de Juan Ignacio Boido, El último joven, que salió hace unos años ya por Seix Barral.

-Por último, ¿qué opinás de las últimas publicaciones de los libros póstumos de Roberto Bolaño? ¿Los leíste? Hablo de Sepulcros de Vaqueros y El espíritu de la Ciencia Ficción por ejemplo.
-Sí, los sigo leyendo todos. Soy de los que piensan qué bueno que hay algo más para leer de Bolaño, porque es un escritor de un calibre tal que siempre hay algo que te va a gustar aunque no te parezca lo mejor. Entre las cosas que se publicaron póstumas hubo algunas que me encantaron y me he sentido muy afortunado de haber podido leerlas.

-No estás en contra de que la familia publique todo lo que encuentra en sus cajones.
-No. Además Roberto estuvo muy enfermo diez años y todo el tiempo sabía que tenía una especie de espada de Damocles encima. Quiero decir: tuvo mucho tiempo y oportunidades para destruir todo lo que no le interesaba que se publicase. Si lo conservaba en cajones por algo sería. Y además es beneficio para su familia, para sus hijos… Quiero decir, con este tipo de cosas póstumas es muy sencillo: si no estás de acuerdo no lo leas. Pero no prohíbas que exista eso para gente que sí lo leería.

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